No son gigantes, son molinos

Una de las máximas de la filosofía de Homer Simpson reza: “si haces algo mal, échale la culpa a alguien que no hable tu idioma”. Esta frase es aplicada al fútbol sistemáticamente culpando de todos los males al árbitro, de quien todo el mundo se acuerda cuando te perjudica y nunca cuando te ayuda, y siempre para ocultar errores propios.

Tras años escuchando lloriqueos procedentes del Santiago Bernabéu, ayer Sandro Rosell se descolgó con unas declaraciones asegurando que este año los arbitrajes del Barça “no pintan bien”, en un fabuloso ejemplo de pasarse por el arco del triunfo la filosofía que durante las tres últimas temporadas ha llevado a los azulgrana a ganar prácticamente todo lo que jugaban. Es cierto que en las últimas jornadas los árbitros han perjudicado puntualmente al Barça con decisiones que pueden haber costado a los culés algún punto, como otras veces han beneficiado, sin embargo es un error mayúsculo decir que si hoy el Barça está a siete puntos del Real Madrid es por fallos ajenos. La distancia entre ambos conjuntos en la tabla se explica únicamente desde los errores azulgranas: partidos horripilantes en Getafe y Villarreal, con circulación pastosa y una defensa lamentable; en Anoeta y en Cornellà el equipo decidió echarse una siesta cuando el partido aún no había acabado. Si los de Guardiola no hubieran bajado el ritmo, ni la Real Sociedad ni el Espanyol hubieran empatado, con lo que –por ejemplo- el penalti de Raúl Rodríguez no hubiera influido. Si los culés hubieran jugado con la intensidad de otras veces, seguramente ni Villarreal ni Getafe hubieran aguantado con la portería a cero, por lo que el gol mal anulado a Messi en el Alfonso Pérez tampoco hubiera tenido mayor incidencia.

Las palabras del señor Sandro Rosell son indignas de un equipo ganador y no están a la altura de lo que el equipo ha logrado en las últimas temporadas. Una de las cosas más sorprendentes que había logrado era, precisamente, lograr que los lloros y las falsas conspiraciones se instalaran en el Real Madrid. En una demostración –una más- de una vomitiva política de comunicación abrió la puerta a que los fantasmas de la mediocridad y de la medianía se instalen de nuevo en el club culé. Al no saber reconocer los errores propios ni los aciertos y grandeza deportiva del rival. Al victimismo y la obcecación en el error que durante treinta años llevaron al Barça de fracaso en fracaso. Si los azulgrana quieren evitar entrar en una depresión como la que ha vivido el Real Madrid en los últimos año, detrás de imaginarias manos negras, debe exorcizar de inmediato las quejar arbitrales. El peor problema al que te puedes enfrentar es uno que no existe, porque no lo puedes arreglar. Así que el presidente debería callarse y preocuparse por lo que sabe –ahorrar dinero en tóner- y dejar que Guardiola y los suyos se preocupen de resolver la falta de tensión que afecta al equipo en momentos puntuales antes de que se vuelva crónica como sucedió con el conjunto que lideraba Frank Rijkaard.

Con todo, hay quien ha intentado poner al mismo nivel ciertas declaraciones culés con respecto a los árbitros en los últimos días con lo oído desde el Real Madrid en los últimos años y no tienen nada que ver. No es lo mismo decir que algunos árbitros son soberbios y que a la mínima que te diriges a ellos sacan tarjetas (verdad como un templo, aunque seguramente no fuese el mejor momento para decirlo), o que una jugada concreta fue penalti que decir que si no ganas una competición es por culpa del árbitro y mucho menos que decir que si tu rival gana es por una conspiración judeomasónica en el que Villar, Platini, la Unicef y las Estatuas de la Isla de Pascua están de acuerdo para ayudarle a triunfar. También convendría apuntar la diferencia de trato de ciertos periodistas, que se han dedicado a criminalizar sistemáticamente los errores arbitrales cuando son en una dirección y cuando son en otra prefieren hablar de fútbol.

Así, Rosell, Xavi, Valdés, Messi y alguno más deberían dejarse los lamentos estúpidos que sólo invitan a llorar mirándose al ombligo. Por suerte el barcelonismo aún está a tiempo de evitar la epidemia del victimismo. Volver a la senda del trabajo, del esfuerzo, de presionar hasta el último minuto y de mover el balón más rápido que nadie.  No atrincherarse en el eterno “son gigantes, Sancho”. Por que resulta que no, no son gigantes. Eran, son y serán molinos.

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Érase una vez un equipo que emocionó

Cuando, el 27 de mayo de 2009, Carles Puyol levantaba la tercera Champions League de la historia del Barça era tentador pensar que uno ya lo había visto todo, que poco más podía hacer el grupo de Guardiola para volver a sorprendernos. Aquel equipo, erigido sobre las cenizas que dejó el colapso del gran Barça de Rijkaard y con muchas de sus piezas, había comenzado su andadura liguera con una derrota en el estadio del Numancia y un empate contra el Racing, lo que hizo que muchos dudaran que Guardiola llegase vivo a Navidad. Tras un golpe en la mesa al vencer en Gijón por 1-6, el punto de inflexión llegó tras endosarle otro set, 6-1, al Atlético de Madrid en el primer encuentro complicado de la temporada. A partir de ahí, todo es historia: Piqué fardando de camiseta tras marcar el sexto en el Bernabéu, el Iniestazo en Stamford Bridge, el gol de Touré Yaya en la final de la Copa del Rey, el salto prodigioso de Messi ante Ferdinand en Roma… para cualquier equipo, un triplete hubiera sido tocar techo, pero no para ellos. Se quitaron la espina de la Supercopa de Europa que marcó el final del Barça de Ronaldinho ganando al Shakhtar en Mónaco, vencieron la maldición del Mundialito de Clubs ganando el único título que faltaba en el Museo Josep Lluís Nuñez con una remontada agónica. Llegó Florentino, con él Cristiano Ronaldo y una nueva hornada galáctica que obligaron a los culés a logar 99 puntos para ganar la Liga. Llegó Mourinho, anunciada como la némesis que tenía la fórmula para acabar con el dominio azulgrana. Pero con él llegó el 5-0, el rally de clásicos de mayo, Messi regateando camisetas blancas en el Bernabéu y Abidal levantando la cuarta Champions en Wembley. Incluso en sus escasos fracasos el equipo tuvo derecho a salir con la cabeza alta. Cayeron ante el Sevilla en la Copa del Rey, tras obligar a Palop a dar un recital de paradas en un partido que bien podía haber acabado 4-0. Cayeron contra el Inter en una mala eliminatoria, pero obligando a los de Mourinho a defender su trinchera como pudieron hasta el minuto 95. Cayeron ante el Madrid en la final de la Copa del Rey, pero no sin antes sobreponerse a una excepcional primera parte blanca y firmar un segundo tiempo en el que sólo Casillas evitó que los de Guardiola se llevaran un título más.

Con todo, este año parecía algo diferente. El Barça, casi sin preparación, ganó la Supercopa a un Real Madrid más rodado, pero quedaba la sensación de que la fortuna se alió con los culés que bien pudieron salir goleados del Santiago Bernabéu. A pesar de un inicio con ciertas dudas, especialmente tras derrota ante el Levante y empate contra el Racing, el conjunto de Mourinho dio una sensación de solidez aparentemente inapelable, una formidable racha de dieciséis victorias consecutivas y una capacidad goleadora impresionante gracias a un gran estado de forma de Cristiano Ronaldo, Benzemá, Higuaín y Di María. Hasta Kaká parecía recuperado para la causa. En frente, el Barça había sembrado dudas por la mala dinámica del equipo fuera de casa, especialmente por la derrota en Getafe, las lesiones y el bajo estado de forma de Piqué, Puyol, Pedro o Villa. Todo al ritmo de las campanas: el segundo año de Mourinho siempre es el mejor, el portugués nunca ha dejado escapar una renta de seis puntos, y la eterna verdad de que aquél que ha ganado todo un día se cansa de ganar. Claro que siempre hay quien pone en duda las verdades por muy verdad que sean.

El escenario parecía dispuesto para el intercambio de poderes en el fútbol español –o mundial- tras el gol de Benzemá en el segundo 22 de partido. El Barça salía impreciso y nervioso, el Madrid, como un vendaval y nadie podía evitar acordarse de aquel siete de enero de 1995 en la que los blancos devolvieron el 5-0 que habían encajado sólo un año antes en el Camp Nou. Sin embargo el gol del francés tuvo un efecto que desafió a toda lógica: los culés a penas lo notaron y dos minutos después estaban tocando en el área con Valdés como si jamás hubieran cometido el error garrafal que les había puesto por detrás en el marcador. El Madrid, sin embargo, pareció sorprendido de la velocidad con la que habían sacado rédito de su propia voracidad y dio la sensación de que les asaltaba la duda entre seguir con el plan y morder a los culés en todo el campo o esperar atrás y lanzar los mortales contraataques que tanto les gustan. Guardiola movió ficha y al cuarto de hora plantó una línea de tres, cruzando la línea que separa la valentía de ser un suicida. Aunque la jugada salió bien en parte gracias a la ansiedad que invade a Cristiano Ronaldo cada vez que juega un gran partido, era mucho más probable que ese movimiento allanara el camino de los merengues hacia su ansiada vendetta. Indecisos, los de Mourinho bajaron la intensidad de su presión, pero sin llegar a replegarse, permitiendo que los azulgranas se sintieran un poco más cómodos en el campo, y cuando permites eso estás al borde del abismo. El gol de Alexis cortocircuitó al Real Madrid que ya no sabía que tenía que hacer para poder con los azulgrana. El balón rebotado en Marcelo que entró llorando en la meta blanca los hundió y el cabezazo de Cesc Fàbregas fue el golpe de gracia. Los merengues siguieron buscando la portería de Valdés, dignidad obliga, pero su confianza se había quedado entre las redes de la portería defendida por Casillas.Sólo el escudo de su camiseta daba indicios de una posible remontada. Pero no contra este Barça.

Generalmente se destaca al Barça de Guardiola por su virtuosismo, por su capacidad para mover el balón de un lado a otro sin que su rival lo vea. Virtuosismo representado por jugadores deliciosos como Iniesta que han hecho todo lo que puede hacer un jugador para ser considerado de los más grandes –incluido marcar el gol que dio a su país su único Mundial-, pero con humildad para reconocer el liderazgo de un fenómeno casi extraterrestre como Leo Messi que siempre aparece cuando se le necesita. Sin embargo esa no es la característica que ha llevado a los de Guardiola a ganar todos los títulos que han ganado. Sus logros vienen por que a su excepcional calidad técnica, tanto individual como colectiva, y a su riqueza táctica se suma una capacidad de sacrificio pocas veces vista en cracks de este nivel, un equipo en el que un tipo con dos balones de oro en su casa es capaz de regalar a sus compañeros un sprint de 30 metros para defender una incursión rival en el lateral izquierdo. Un equipo con una mentalidad tan fuerte que es capaz de seguir luchando hasta marcar en el minuto 93 en Stamford Bridge a pesar de ir perdiendo y estar con un hombre menos. Capaz de ir al estadio del máximo rival una semana después de perder una final de Copa contra ellos y prácticamente dejar sentenciada una semifinal de Champions en la ida. Un equipo capaz de enfrentarse al Manchester United con medio sistema defensivo de circunstancias y dos piezas vitales tocadas y prácticamente ni notarlo. En definitiva, un equipo que en su peor momento es capaz de ir a casa de su rival en su mejor momento y ganar el partido cuando todo se le giraba en contra.

Podría existir la tentación de pensar que ya se ha visto todo lo que puede hacer el Barça de Guardiola, pero teniendo en cuenta lo que ha pasado desde que el de Sampedor está en el banquillo del Camp Nou parece que lo mejor es sentarse y disfrutar. Sobre todo, disfrutar.

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Naufragando entre tiburones

Un único debate en toda la campaña parecía que sabría a poco, pero al final ha resultado ser incluso demasiado. Un candidato, sabiéndose ya ganador, no quería debatir. Pocos votos podía ganar haciendo propuestas y se arriesgaba a perder muchos si hablaba demasiado. Una postura totalmente lógica desde un punto de vista estratégico aunque pobre desde un punto de vista democrático. El otro candidato poco podía hablar de asuntos económicos sin que la mochila de la desastrosa gestión de la crisis le llevase al fondo del pozo ni podía sacar pecho por el aparente final de ETA sin arriesgarse a que pareciera que quería sacar rédito de un tema tan sensible, por lo que se dedicó a destacar lo desenfocado del programa del rival. El resultado es que ahora sabemos que el Gobierno socialista lo ha hecho muy mal, que el PP no especifica nada en su programa, pero propuestas pocas, muy pocas.

La realidad se sabía desde hace tiempo y es que en estas elecciones no hay batalla por el Gobierno, lo único que sorprende un poco es que ni siquiera se esfuercen en disimularlo. El PSOE ha sido pasto de una crisis que ha devorado a todo lo que ha pillado al frente de un país, no sólo a Papandreu, Zapatero y Berlusconi, sino que Sarkozy, Merkel o el propio Obama -antaño símbolo de la regeneración de occidente- tendrán que sudar la reelección. La campaña está siendo un pasillo triunfal para Rajoy, y Rubalcaba ha optado por no jugar esa liga y luchar por su propia supervivencia al frente del partido pensando en el 2014.

Esta crisis económica ha arrasado gobiernos, pero también a aquellos que los han sustituido. Rubalcaba nada entre tiburones, Almunia puede dar fe de ello. ¿O acaso nadie cree que la afligida Carme Chacón que anunció que no se presentaba a las primarias está esperando el desastre electoral para lanzarse como un buitre sobre el cadáver del candidato? Y Rubalcaba va con el pie cambiado.

Las elecciones están perdidas por el PSOE, y ese conocimiento lleva a Rubalcaba a enfocarlo todo de manera negativa, aunque se esfuerce por ocultarlo, con declaraciones tan sorprendentes como cuando afirmó que es más fácil que el Real Madrid gane al Barcelona que que él remonte a Rajoy. ¿Puede alguien que dice algo así y que se dirige a su rival como si ya hubiera ganado aspirar a tener un buen resultado? Dudoso, padre. Sinuoso y hábil como pocos a la hora de actuar lejos de los focos, Rubalcaba no es un líder. Su excepcional dominio del sarcasmo puede desarmar y es capaz de infundir terror en sus rivales en el hemiciclo, pero difícilmente movilizará a grandes masas para que le sigan. No transmite ilusión, ni transmite ideas.

Imposible desmarcarse del hundimiento de un gobierno del que él había sido una pieza clave, sus posibilidades de salvar los muebles pasaban por tumbar a Rajoy en el debate. Haciendo uso de la metáfora pugilística tan gastada estos días pero perfecta para la ocasión, Rubalcaba necesitaba ganar por KO en el primer asalto. Como si fuera Rocky Balboa frente a Apollo Creed, todo lo que fuera perder por puntos era una victoria para Rajoy. En un decorado que parecía hecho con descartes del Un, Dos, Tres de los ochenta, el socialista lo tenía todo a su favor: su rapidez mental y su sarcasmo eran armas perfectas para un debate frente a un rival que no se mueve con comodidad en estos terrenos y que, además, iba a intentar proponer lo menos posible. Y en vez de ser positivo, de lanzar una tormenta de propuestas, aunque sólo fuera por aparentar y para apabullar a Rajoy, se dedicó a incidir únicamente en que el PP no especificaba qué quería hacer, sólo resaltaba la –presunta- agenda oculta de su rival, recurriendo a la infame táctica de infundir miedo al electorado. El resultado es que a Rajoy le bastó con escurrirse de temas farragosos –cosa que se le da estupendamente- y esconderse en los papeles para salir vivo del debate, y eso mató a Rubalcaba.

Ahora sólo queda esperar a que pasen lentamente los días, seguramente sin mayores novedades, para que la noche del 20 de noviembre veamos el tamaño de la herida de Rubalcaba. Y cuando huelan la sangre, los tiburones atacarán.

Y rezar para que sea verdad que Rajoy realmente tenga la solución para esté caos. Rezar y rezar mucho.

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Melancolía: Todo calmado en el fin del mundo

Defensores o detractores de Lars von Trier, nadie puede negar la capacidad del danés para hacer lo que le da la gana, cuando le da la gana y como le da la gana. No queda mucho que decir de un tipo que desarrolla un manifiesto cinematográfico para, a continuación, hacer sistemáticamente lo contrario a lo que defendía con su “voto de castidad”. Instalado en el trono de ‘enfant terrible’ del cine europeo a fuerza de talento puro, de pasarse de frenada, mostrando en primer plano una ablación de clítoris en Anticristo, y de ganas de llamar la atención como cuando aseguró que Hitler le caía simpático. Vistos los antecedentes, es complicado saber como encarar sus películas, si con escepticismo o con entusiasmo. Tras ver Melancolía la duda permanece.

La película se explica a partir de cómo surgió la idea: cuando un psicólogo le explicó a von Trier que las personas con depresión son las que se comportan con más calma en situaciones extremas porque siempre temen lo peor. A partir de aquí, el danés construye la narración en dos partes representadas por dos hermanas: Justine (Kirsten Dunst) y Claire (Charlotte Gainsbourg), aunque lo cierto es que la cinta gira siempre en torno al personaje de Dunst. En la primera parte asistimos a la celebración de la boda de Justine. Lo que empieza siendo una noche feliz acaba desenmascarando las disfuncionalidades de la familia, y la novia acaba tomando una actitud caótica y autodestructiva incomprensible para el espectador. La segunda parte arranca un tiempo después, cuando una extremadamente deprimida Justine se instala a vivir con su hermana y el marido de esta (Kiefer Sutherland) unos días antes de que un planeta llamado Melancolía pase tan cerca de la Tierra que parece que puede desencadenar el fin de los días. A partir de aquí la película se centra en como cada personaje afronta la posibilidad o la certeza de la muerte, desde quien entierra el miedo en una falsa seguridad a quien se desespera. Y sólo la deprimidísima Justine actúa con aplomo.

Lars von Trier -cuyo ego le lleva a poner su nombre encima del título, con el mismo tamaño de letra a pesar de que según su propio manifiesto el director no debía salir en los títulos de crédito- se gusta y dirige sus películas con una cierta actitud de “mira qué bueno que soy” y eso lleva a sus películas a dar bandazos entre la maestría y la mamarrachada: con unas imágenes de belleza difícilmente superable se combinan con algunos momentos no tan brillantes que no aportan demasiado al metraje. Eso sí, esta vez no cae en los excesos de Anticristo, y la película lo agradece. Por otro lado hay que destacar el papel tanto de Kirsten Dunst (cuyo rol fue rechazado por Pénelope Cruz para hacer la cuarta parte de Piratas del Caribe, a quien el director agradece con posible ironía en los créditos) como de Charlotte Gainsbourg: sus extraordinarias interpretaciones son el pilar que sujeta la credibilidad del film. Sin ellas todo temblaría.

Se encienden las luces en la sala y surge la pregunta: ¿Qué me has colado esta vez, Lars? Al final, Melancolía es poco más que la frase del psicólogo explicada con una sucesión de imágenes preciosistas: en situaciones extremas los que se comportan con más aplomo son los deprimidos, porque ellos esperan lo peor. Una estampa de la depresión. Y ya está.

PD: Nunca me cansaré de ver este retrato.

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Homeland: Con Bauer en la memoria

El final de 24 dejó un hueco difícil de llenar en la parrilla televisiva norteamericana. Durante ocho años las peripecias de Jack Bauer y los agentes de la Unidad Anti-Terrorista mantuvieron una media de diez millones de espectadores, granándose una interesante y fiel base de fans –y las críticas de quien acusaban a la serie de perpetuar la psicosis post-11S así como justificar la tortura-. Era de esperar que no tardaran en aparecer series que buscaran enganchar a los seguidores huérfanos de Bauer. La primera fue The Event, que metió en el mismo saco elementos visuales y formales de 24 y sus conspiraciones gubernamentales con elementos de ciencia ficción de Perdidos en un absurdo intento de rizar el rizo para ser fulminada al terminar la primera temporada. Salvando las distancias, también se podían reconocer rasgos ‘venticuatrescos’ en la fabulosa Rubicon donde Will Travels, un analista de inteligencia que trabajaba para un think tank, trataba de resolver el asesinato de un amigo mientras trataba de evitar un atentado terrorista. Una pena que la prometedora serie pagara su ritmo pausado y las torpezas económicas de la AMC y no tuviera continuidad. Ahora llega a la cadena Showtime (que ya ofrece series extraordinarias como Dexter o Californication) Homeland, creada por Howard Gordon y Alex Gansa, ni más ni menos que dos guionistas de la mismísima 24.

Basada en la serie israelí Prisoners of War, está protagonizada por Carrie Anderson, una agente de la CIA un tanto rebelde –y que consume antipsicóticos a espaldas de la agencia-condenada a sentarse tras un escritorio después de protagonizar un incidente en una cárcel iraquí que a punto estuvo de causar un pitote internacional. Cuando el Sargento Nicholas Brody es rescatado en Iraq tras ocho años en manos del enemigo, Carrie cree que el soldado ha cambiado de bando y que vuelve a EEUU con la única intención de preparar un gran atentado. Por desgracia es la única en la agencia que lo cree, por lo que recurre a métodos poco ortodoxos para investigar a Brody. Toda una Lady Bauer.

Con todos estos elementos, los creadores han sido lo suficientemente hábiles para no caer en la trampa de clonar 24 cambiando a Jack por una mujer. Por lo que deja ver el piloto, Homeland tendrá mucha menos acción y un aire más realista, cercano al visto en Rubicon pero con bastante más ritmo. Además hay que destacar un muy buen reparto con Claire Danes (Stardust, Romeo+Juliet) como la díscola agente Anderson, Damian Lewis, conocido por ser el Mayor Winters en la excepcionalmente excepcional Hermanos de sangre, como antagonista y Mandy Patinkin –el mítico Iñigo Montoya de La princesa prometida- como jefe y mentor de la protagonista.

El arranque de la serie es tremendamente prometedor. La trama da una sensación de gran solidez, los personajes están muy bien trabajados y son interpretados por actores más que solventes. Todo en una cadena como Showtime, que ha sabido aguantar el ritmo de la HBO –tótem de la ficción televisiva sin ningún género de dudas- sin cometer los errores de la AMC. Homeland es una gran noticia para quienes echaban de menos a Jack Bauer, pero también es una serie con personalidad propia y lo suficientemente alejada del referente para poder crecer en su propia dirección sin caer en la trampa de ser una simple imitación. Por fin una digna sucesora de 24, y no sería de extrañar que se convirtiera algo más que una simple heredera. El potencial existe.

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American Horror Story: El terror desbocado es cosa de locos

La nueva serie de Ryan Murphy, creador de Nip/Tuck y Glee, es uno de los estrenos que más expectativas había creado, gracias en gran parte a unas promos crípticas, que mostraban poco o nada de lo que podía ofrecer el producto final pero que resultaban visualmente arrolladoras. En realidad la trama de la serie es bastante tópica: una familia se muda a una casa con un largo historial de muertes violentas y sucesos extraños. Evidentemente la estancia en su nuevo hogar no será tan bonito como tenían calculado. A las extrañas presencias de la casa y vecinos siniestros se suma la negativa y desequilibrada carga psicológica de los personajes: Un matrimonio en crisis tras un aborto de ella y una infidelidad de él, con una hija adolescente, rebelde y con ciertas tendencias suicidas a la que le hacen bulling en su nuevo colegio. Un caldo de cultivo que recuerda, salvando las distancias, a El resplandor del gran Stanley Kubrick, incluidos los fantasmas de dos gemelos que danzan por la casa.

Como ya se intuía en las promos de la serie, ésta entra por los ojos. Ryan Murphy tira de ángulos de cámara antinaturales y un montaje huracanado en el que pocos planos duran más de cinco segundos, realizando incluso saltos sobre el mismo plano, para crear una sensación de incomodidad en el espectador por momentos angustiosa. Visiones de seres extraños que apenas duran un segundo, flashes de personajes que no deberían estar ahí, elementos sexuales como un traje de látex, y la típica música estridente son otras vías a las que recurre la serie para crear la atmósfera bizarra. Ninguna de estas técnicas es realmente novedosa y en el fondo son bastante efectistas, pero también realmente efectivas.

El episodio piloto sirve para poco más que presentar las tramas y personajes principales –con un destacable nivel de los actores principales y secundarios, especialmente destacable la presencia de Frances Conroy (A dos metros bajo tierra) y su perturbador personaje-, pero si engancha al espectador es sobre todo por el ya mencionado efectista despliegue visual. Queda por ver cómo se desarrollará la, por ahora, tópica trama, si ganará chicha o se quedará como excusa para seguir con los fuegos artificiales. Pero los fuegos artificiales son eso, artificiales, y pueden aguantar uno o dos capítulos, pero no doce. Habrá que seguir como madura la serie para ver si explota en todo su potencial o por lo contrario se queda como un producto bonito pero vacío. El piloto se queda en la encrucijada.

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Terra Nova: Síndrome Perdidos

Con el final de 24 y varios estandartes de su programación como House o Los Simpsons en una alarmante decadencia tanto de calidad como en audiencia, la Fox necesitaba urgentemente un golpe de efecto que reflotase los números de la cadena. No anduvo con rodeos, de entre todas las puertas a las que pudo llamar, lo hizo ni más ni menos que a la del Rey Midas, el mismísimo Steven Spielberg. Y ahora el hombre que convierte en taquillazo todo lo que toca puede convertirse en la próxima víctima del ‘síndrome Perdidos’. Una más.

Y es que desde que hace dos años acabaran las aventuras y desventuras del grupo de supervivientes en aquel peculiar picnic náufrago, varias series han tratado de reproducir los esquemas que transformaron Perdidos en un fenómeno de masas y todas han muerto engullidas por la alargada sombra de la serie de J.J Abrams. Primero fue Flash Forward de la ABC, con una prometedora premisa pero un desarrollo flojísimo hasta ser cancelada al final de su primera temporada. The Event, de la NBC, sufrió el mismo destino. Y… ¿Terra Nova?

Desde el trono de productor ejecutivo, que ya ocupó en la más que correcta Falling Skies,  Spielberg presenta un mundo apocalíptico, devastado por el mal comportamiento de la raza humana y esa mascota malvada que es el cambio climático. En este mundo bladerranesco nos encontramos a la familia Shannon: él, un policía condenado por tener un tercer hijo sin autorización; ella, una reputada médica; el hijo mayor, rebelde pero de buen corazón; hija mediana, empollona y enamoradiza; hija pequeña, sin mayores atributos pero así como adorable. Lo que viene siendo la familia media americana, vamos. Y como el mundo está muy mal, los científicos deciden que la mejor manera de que la raza humana sobreviva es mandar a unos cuantos peregrinos 85 millones de años atrás hasta pleno jurásico. Y allá que va nuestra familia media americana.

Lo primero que sorprende de Terra Nova es su pobre acabado técnico. Las panorámicas del futuro huelen a videojuego de hace diez años y muchos planos parecen cromas de tele local, casi versiones paródicas de los escenarios de Avatar. Y los dinosaurios… ¡hay los dinosaurios! Los tiranosauros de Parque Jurásico dejan en pañales a los carnotaurus de Terra Nova… y Parque Jurásico tiene ya 20 añitos…

Por lo demás, la serie es una batidora de lo ya visto en Perdidos, una comunidad pequeña sobreviviendo en una selva llena de peligros, un grupo rival con misteriosas intenciones –en vez de ‘los otros’ en esta ocasión tenemos a ‘the sixers- unas misteriosas inscripciones en la roca y apuntes de paradojas temporales que están por venir. Lo malo no es que todo esto sean fuegos artificiales que ya hemos visto, más y más grandes, sino que además son un edificio sin fundamentos: los personajes son sosos, sin chispa ni carisma y al guión se le ven las costuras por todos lados, previsible y burdo. Incluso, la primera parte del piloto es tan inverosímil que los guionistas se tienen que justificar con un chiste de uno de los protagonistas (“tan fácil como que papá se escape de una prisión de alta seguridad y luego se infiltre en el edificio más vigilado del país”). Pasadas las presentaciones del piloto, que a veces puede encorsetar el desarrollo de la historia, el segundo episodio –un homenaje a Los pájaros de Hitchcock- gana en agilidad pero sigue sin tener la más mínima personalidad.

Lo peor de la serie es que uno acaba imaginándose la siguiente escena: un ejecutivo de Fox, en una reunión con guionistas, gritando repetidamente “¡Quiero un Perdidos!” y un guionista, cansado de oírlo y de que rechacen su proyecto chachi-piruli, soltándole el guión de Terra Nova mientras piensa “pues toma Perdidos. Lo escribí ayer después de cenar. Y le metí dinosaurios”. Y el ejecutivo encantado. Hasta que vea la audiencia.

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