En fútbol no hay hijos pródigos

En las últimas horas, últimas horas que se han prolongado tres años, se ha vendido el retorno de Cesc Fàbregas al Barça como el retorno de un hijo pródigo y a Wenger como un malvado señor oscuro con la malvadísima intención de encerrar al jugador en la torre más alta del Emirates para evitar que el jugador pudiera cumplir su sueño de triunfar en el Camp Nou.

Nadie puede negar que Cesc es un refuerzo extraordinario para el conjunto de Pep Guardiola. Dejando de lado las dudas que pueda generar las lesiones que le han asolado en las dos últimas temporadas, algo que puede ser circunstancial o no, el de Arenys es un centrocampista extraordinario que conoce perfectamente el Barça, su fútbol, su entorno y su vestuario. Aunque es un jugador distinto a Xavi, es posiblemente la apuesta más segura para sustituir al de Tarrasa cuando deje el fútbol. Más allá de que su fichaje no era una necesidad primordial (como puede ser un defensa rápido para corregir la posición cuando el rival gana la espalda de la defensa adelantada, el Barça sólo tiene a Puyol con este perfil y se ve obligado a recolocar a Abidal o Mascherano cuando el capitán no está), Cesc da profundidad a una plantilla algo corta y, junto a Thiago, multiplica las posibilidades tácticas. Aunque es difícil que Guardiola alinee a Xavi, Iniesta y Cesc juntos, en un 4-3-3 o que pase a jugar con tres defensas con un 3-4-3, su fichaje garantiza que en caso de incidencia siempre habrá un recambio de calidad para el centro del campo. Es un jugador de una calidad extraordinaria que vuelve a Barcelona muchísimo más completo de lo que se fue. Con sólo 24 años ha sido capitán de un equipo histórico como el Arsenal y está fogueado en una liga de gran exigencia como la Premier y en Champions, donde en 2006 fue titular en la final de París frente al Barça precisamente, por lo que los 40 millones que se pueden llegar a pagar por él si se cumplen los variables no parece una cifra excesiva.

Sin embargo, la narrativa que describe su fichaje como el retorno de un hijo pródigo resulta algo falaz. No hay por qué dudar del barcelonismo de Cesc Fàbregas, posiblemente cualquier persona hubiera hecho lo mismo que él en sus circunstancias, sin embargo no hay que olvidar que si el fichaje ha sido tan complicado ha sido en gran parte por sus acciones. En verano de 2009 el Barça ya se puso en contacto con él para comunicarle su interés, pero ante la negativa de los culés de acercarse a los 50 millones que demandaban los gunners el de Arenys optó por prolongar su contrato dos años más hasta 2014, lo que subía su cotización y ha dado fuerza a Wenger para retener a su estrella durante el pasado verano y buena parte de este. El técnico francés ha hecho lo que tenía que hacer, por lo que le pagan: defender los intereses del Arsenal. Obviamente, ningún equipo regala a sus jugadores estrella (a menos que seas el Barça, que en su historial tiene las ridículas salidas de Eto’o o Rivaldo) y menos después de siete años sin ganar ningún título y con duras críticas sobre el trabajo de Wenger en las últimas fechas. Se ha demonizado al francés por fichar a Cesc del Barça cuando era un juvenil, pero conviene recordar que esta es una práctica habitual, en mayor o menor medida, en todos los equipos grandes, azulgranas inclusive. El centrocampista se marchó del Barça por voluntad propia, y seguramente tomó la decisión correcta, ante la promesa de más oportunidades en un equipo de primer nivel (ha jugado 292 con el Arsenal, 59 de Champions, una cantidad de partidos impensable a estas alturas si se hubiera quedado en el Barça) y, también, más dinero. El padre de Cesc alegó un cambio de residencia a Londres para que su hijo pudiera salir del club sin tener que pagar ninguna compensación al club culé, algo que fue sólo una argucia ya que el chaval acabó viviendo con una familia inglesa junto a su compañero Phillippe Senderos. En los últimos días se venía diciendo que el jugador estaba sufriendo mucho por las complicaciones que surgían en su regreso a casa, sin recordar que tales dificultades eran en gran parte por sus acciones y que el malvado Wenger sólo hacía su trabajo.

Queda por ver como afecta todo esto a su recibimiento en la afición culé, siempre tan especial. Su marcha no sentó bien y su retorno ha sido largo, tedioso y caro (al contrario que otro jugador que se marchó, Piqué, que volvió por la módica cifra de 5 millones), y Cesc ya fue pitado el pasado marzo cuando visitó el Camp Nou para disputar los octavos de final de la Champions League. Todo esto lo único que hace es meter presión a un jugador, que por otro lado ha demostrado soportarla bien, que llega al Barça para ser el timonel de la próxima década. El tiempo ha demostrado que Cesc seguramente hizo lo correcto marchándose a Londres, donde ha crecido sin la sombra de centrocampistas de la talla de Xavi, Deco o Iniesta. Su fichaje es una gran noticia para el Barça, pero basta con un poco de memoria para pinchar la mística creada alrededor de su regreso.

Rectificación: En su presentación como jugador azulgrana Cesc Fàbregas ha desmentido haber renovado con el Arsenal en 2009 como he dicho en esta entrada.  Un error extendido ya que se había publicado en varios medios en las últimas fechas, tanto aquí como Inglaterra. Incluso un periodista de la BBC ha formulado su pregunta asumiendo que renovó en 2009 (“You signed for a five year contract and left after only two…”), al cual Cesc no ha corregido como sí a Joan Poquí de Mundo Deportivo. En todo caso no he encontrado ninguna referencia a tal renovación en las hemerotecas por lo que debo rectificar y disculparme. En todo caso, la idea de fondo no cambia demasiado ya que en 2006 firmó un contrato extraordinariamente largo hasta 2014. Un error ya que le ponía muy difícil poder salir del Arsenal si quería hacerlo en un momento dado, aunque evidentemente no es lo mismo que renovar cuando el club de tus amores se ha interesado por ti.

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Super 8: ET y su primo el de Zumosol

Unos segundos antes de el arranque de Super 8, tras la montaña y las estrellas de la Paramount, la silueta de la bicicleta de ET contra la luna invade la pantalla como parte del logo de Amblin. En contra de lo que podría parecer a priori, un preludio adecuadísimo de lo que está por venir. Producida por Steven Spielberg y dirigida y escrita por J.J. Abrams (Perdidos, Star Trek) sigue las peripecias de un grupo de chicos que, a finales de los 70, intentan grabar un corto de zombis en super 8 para presentarlo a un festival. Durante el rodaje, presencian el descarrilamiento de un tren militar tras chocar con un coche –en una secuencia tan espectacular como exagerada y excesiva que casi resulta inverosímil-. Aunque ellos lo desconocen en ese momento, durante el accidente escapa del tren un extraterrestre traumatizado tras años en manos del ejército que la monta fina en el pueblo en sus intentos por volver a casa huyendo de los militares (esta vez no hay teléfonos, sin embargo).

Abrams se lanza a un retorno a la infancia. Super 8 tiene el sabor del cine juvenil y de aventuras de los 80 y no sólo se reconocen evidentes trazos de ET, sino también de Los Goonies, Tiburón, Encuentros en la tercera fase, incluso de Gremlins . Viajes en bicicleta de un lado a otro del pueblo, encuentros y desencuentros con los amigos, el primer amor de un chaval de 12 años, relaciones paterno-filiales complicadas tan típicas de las películas de Spielberg, el rodaje amateur de una peli de zombies y un alienígena bien grande. La película se beneficia de que esta vez Abrams decide ir del punto A al punto C pasando únicamente por B y no por Z y -1 como en otras producciones suyas, aunque su presencia tras la cámara sigue siendo reconocible por los continuos juegos con los brillos en la lente que producen los puntos de luz que dirige directamente a cámara, como ya hizo en Star Trek. Otro punto fuerte del film es el sorprendente nivel de los actores jóvenes, especialmente de los dos protagonistas: el debutante Joel Courtney y Elle Fanning (El curioso caso de Benjamin Button) –hermana de Dakota Fanning, saga de jóvenes actrices-.

Como buen estreno veraniego que se precie, es recomendable que antes de ver Super 8 el espectador ponga sus neuronas en modo hibernación. Si lo hace, pasará por alto que estamos ante un batiburrillo de ideas mil veces vistas, así como algún momento un poco inverosímil y los tópicos y ñoñerías que se suceden a lo largo del metraje. A cambio pasará un buen rato con un entretenido homenaje al cine que marcó muchas infancias y adolescencias.

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Resacón 2 ¡Ahora en Tailandia! : Misma fórmula, misma eficiencia

En 2010 Resacón en las Vegas sorprendió a muchos haciéndose con el Globo de Oro a mejor película cómica o musical frente a la sensacional 500 días juntos de Mark Webb. Dirigida por Tod Phillips (Starsky & Hutch) narraba el día después de una soberana despedida de soltero de la que un grupo de amigos no recuerda nada pero les presenta un enorme problema: a pocas horas de la boda el novio se encuentra totalmente desaparecido en la Ciudad del Pecado. La secuela cambia de escenario, Las Vegas por Bangkok, y en vez del novio quien desaparece es el futuro cuñado -que pasa por ser el ojito derecho del padre de la novia, quien no muestra mucho cariño por los protagonistas-.

Por lo demás, Resacón 2 repite sin pudor alguno lo que llevo al éxito a su antecesora, empezando por su gran reparto, la gran clave de ambas películas, liderado por un Zach Galifianakis (Bored to Death, Salidos de cuentas) que se confirma como el gran cómico a seguir durante la próxima década. Apuntalan el grupo protagonista un brillante Ed Helms (The Office) y un muy eficiente Bradley Cooper (El Equipo A) como el cuerdo de la pandilla. Tod Phillips aplica exactamente la misma estructura narrativa que en la primera parte: una breve introducción, una elipsis que cubre la noche loca y un nudo de la película en el que los protagonistas recorren la ciudad en busca de su amigo mientras descubren y sufren las consecuencias de las locuras que hicieron la noche anterior. Las relaciones con travestis sustituyen las bodas con prostitutas y en vez de liarla gorda en la mansión de Mike Tyson la montan en un templo budista, pero por lo demás los mecanismos se repiten como si fueran hechos en serie.

Sin embargo, a pesar de la sistemática repetición de recursos, la película es tan efectiva como la primera: divertidísima y perfecta para pasar un buen rato sin darle demasiado trabajo a las neuronas con humor ligero con un punto zafio. Los más de 500 millones de dólares que lleva recaudada la cinta (que costó 80 y que ya supera los 460 que facturó la primera parte) hacen pensar que en los despachos de Warner ya hay productores salivando mientras piensan en una tercera parte. Es totalmente impensable que repetir otra vez los mismos esquemas pueda resultar mínimamente efectivo de cara a una nueva continuación, pero dado que la boda que queda en el grupo es la del personaje de Galifianakis se hace prácticamente imposible que no veamos una nueva resaca en no demasiado tiempo.

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Empezando la acampada por el tejado

Hace sólo unos días, poco después de que la Junta Electoral de Madrid decidiera declarar ilegal la acampada de Sol, apareció un manifiesto. Era simple, tres puntos y no excesivamente desarrollados. Una declaración de apenas una página que llamaba a la unidad entre gente de izquierda, de derecha y de centro. Y fue un gran acierto, porque aquellos tres puntos podían ser aceptados y defendidos por un liberal, por un comunista, por un ateo o por un católico: la eliminación de la Ley D’Hont, una circunscripción electoral única, una verdadera separación de poderes, una reforma del Senado y la implantación de listas abiertas eran algunas de las reclamaciones que se dividían en aquellos tres puntos.

Ese mismo manifiesto pedía dejar cualquier otra discusión para más tarde. Hoy, la realidad es otra. Las distintas asambleas han ido acordando nuevos puntos y han extendido su manifiesto metiéndose en charcos que nada tienen que ver con la declaración inicial, entrando al trapo de quienes decían que para quejarte tienes que tener una propuesta alternativa –una falacia gigantesca: en una democracia cualquiera tiene todo el derecho del mundo a señalar aquello que no te gusta aunque no sepas como arreglarlo. Entre otras cosas porque si tú destacas un error igual a otro se le ocurre cómo mejorarlo-. Y ese puede ser un gran error.

¿Realmente hacía falta que desde Sol se pidiera el cierre de las nucleares? ¿o que desde Plaza Cataluña se reclame someter a referéndum la permanencia en la OTAN? Esto es hacer la casa por el tejado. La semana pasada era un movimiento mal llamado “apolítico”, no adscrito a un partido ni a una ideología concreta (la definición más ajustada sería “transversal”), aglutinando gente de todas las ideologías y hoy ya no. Seguro que los liberales y monárquicos no apoyarán los últimos manifiestos cuando posiblemente muchos sí hubieran firmado el primero. El objetivo no debe ser ni la abolición de la Ley Sinde ni del Plan Bolonia, sino la raíz del problema: actualizar un sistema electoral obsoleto, garantizar una verdadera separación de poderes y no la pantomima que hay ahora, acabar de una vez por todas con la lacra de la corrupción e instaurar una democracia más madura. Luego ya se discutirá todo lo que se quiera sobre laicismo o sobre las pensiones de los políticos. Pero lo primero es la creación de unos cimientos fuertes.

Las acampadas y el revuelo que se ha formado ha dado un señor susto a los políticos y a sus brazos mediáticos, sólo hay que ver sus reacciones. Es bueno que los gobiernos tengan cierto temor reverencial a la gente y ese es el gran éxito del 15 de mayo. Para que no sea un susto pasajero hay que recordar qué fue lo que sacó a la gente a la calle a cuatro días de las elecciones: el hartazgo de unas maneras de hacer, de presidentes incompetentes que se aferran al cargo como garrapatas, de una oposición de pandereta que espera su turno para gobernar mientras todo se cae a su alrededor y de corruptos que se creen impunes. Pero si el debate se desvía, todo seguirá igual.

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Que gobiernen las putas que sus hijos no saben

No es sólo una protesta contra el Gobierno, no es sólo una protesta contra la derecha: es una protesta contra una manera de hacer las cosas. Contra unos políticos que dedican más tiempo a enmierdarse unos a otros que a tratar de sacar un país adelante, contra un gobierno que se aferra a la silla hasta romperse las uñas y a una oposición que protesta todo cuanto hace el gobierno pero que luego se limita a ver como se hunde el barco para, en las próximas elecciones, erigirse como los Reyes en las Ruinas. Un grito de queja contra Gobierno populista, mentiroso y sin rumbo y una oposición que gritaba a los cuatro vientos que nos dirigimos al abismo pero que no ha hecho el menor movimiento para plantear una moción de censura, no se fueran a quemar. Es un movimiento contra unos partidos que se presentan a las próximas elecciones con listas embadurnadas de imputados por corrupción y prometedores sospechosos de travesuras varias y con pocas propuestas para solucionar una crisis de la que ellos también tienen su parte importante de culpa.

Habrá quien quiera ver conspiraciones orquestadas desde una habitación oscura en la calle Ferraz basándose la persona de contacto administrativo del dominio Democraciarealya.es es Manuel Jesús Roman Estrade un militante de Izquierda Andaluza que ha trabajado durante los últimos años creando webs para el PSOE sin estar afiliado a él. Otros dirán que es todo un movimiento montado por la derecha basándose en que #nolesvotes tiene por una de sus cabezas visibles a Enrique Dans, un ex asesor de Nuñez Feijoo en el PP gallego. Incluso algún majadero –por llamarle de alguna manera- ha pretendido vincular las manifestaciones a ETA. Nada desconcierta más a un político que un ataque que va tan dirigido a él como a su rival. Ante una bala que no pueda identificar claramente con un enemigo hay que forzar las evidencias, así hemos llegado hasta aquí: lanzando porquería y ensuciando al de enfrente cuando no se puede rebatir sus argumentos.

¿Y qué puede salir de esto? El manifiesto es menos naif de lo que se podía pensar. Sus tres puntos son discutibles pero no inalcanzables. El primero, la supresión de la Ley D’Hont y de la representación territorial, es el más discutible de todos. Sin embargo el segundo parece una necesidad imperiosa: una verdadera separación de poderes y darle una utilidad real al Senado más allá de ser un carísimo trámite. El tercero tampoco parece una entelequia del País Feliz: listas abiertas, inhabilitación de los condenados por corrupción o la reforma de la financiación de los partidos. En contra de lo que podría parecer no es un manifiesto redactado en la casa de la gominola en la calle de la piruleta. Pero sin una alternativa real en la urnas, el próximo lunes el PP y el PSOE seguirán ahí, también estarán ahí en 2012 y casi seguramente en el 2016. ¿Es posible que de las manifestaciones de ayer salga un ‘ente’ organizado, y políticamente transversal que pueda hacer ver las orejas al lobo a los individuos que mal llevan el timón del país y que no acabe por convertirse en aquello que pretende luchar? Es muy difícil. Pero sería tan bonito como necesario.

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Wembley, la Liga y la alargada sombra de la manita

Tras el cinco a cero que el Barça endosó al Real Madrid el pasado 29 de noviembre se hacía complicado prever qué efectos tendría en el equipo blanco. ¿Se levantaría y volvería a presentar lucha a los azulgranas como en temporadas anteriores? ¿o esta vez el golpe había sido demasiado duro e imprevisto? Que de una manera u otra aquella goleada iba a afectar a la Liga estaba claro, aunque sólo fuera porque les sirvió a los culés para tomar el liderato de la tabla. Mucho más complicado era pensar que aquel partido histórico sería decisivo para certificar el regreso azulgrana a Wembley, templo mítico para el barcelonismo donde el Dream Team de Cruyff dió al club su primera corona europea.

Efectivamente, tras unas semanas convulsas con un enfrentamiento entre Mourinho y Valdano, el conjunto blanco se levantó. Aguantó mal que bien el ritmo del Barça en Liga hasta que el Sporting de Gijón se cruzó en su camino, superó la maldición de los octavos de la Champions y se plantó en semifinales, así como en la final de la Copa del Rey. Fueron unos meses marcados por un ruido mediático infernal, alimentado por un Mourinho que sacó los mismos argumentos que en Inglaterra e Italia: los árbitros van en mi contra, el calendario va en mi contra… incluso la Cadena COPE insinuó que los culés podrían estar dopándose, información que presuntamente venía de la junta directiva del Real Madrid. Pero en medio de todo este temporal la pelota seguía rodando y los azulgrana eran líderes. Y así se llegó a una sucesión de cuatro clásicos casi seguidos en las tres competiciones: Liga, final de Copa y semifinales de Champions League. Cuatro enfrentamientos en dieciocho días con un maquiavélico in crescendo: cada partido era más trascendente y decisivo que el anterior. Y aquí fue donde la larga sombra de la manita se hizo determinante.

El día del 5-0 el entrenador del Real Madrid midió mal sus fuerzas. Planteó un partido en el que quiso salir a jugar cara a cara al Barcelona y el resultado no pudo ser peor. Mourinho debió pensar “nunca más” y en esta ocasión planteó el rally a cara de perro, asegurando atrás y dando el protagonismo a un sabueso como Pepe, antes que a futbolistas de calidad como Özil o Cristiano Ronaldo, tratando de frenar el juego azulgrana por todos los medios posibles. El planteamiento es tan legítimo como cualquier otro (pisotones con balón parado a parte) pero viendo el desarrollo de los encuentros parece que cortó las alas a su equipo.

Tras dos temporadas demoledoras (121 partidos  frente a los 96 del Real Madrid), un verano en el que hasta ocho jugadores ganaron el Mundial, con una pretemporada corta y extraña, interrumpida por un inconveniente amistoso en México de la selección española, el Barça llegaba a la serie de clásicos lejos del nivel físico y mental de noviembre. Desde hacía un mes, el Barça venía sacando adelante los partidos por la mínima. Entre noviembre y diciembre, el Barça marcó un total de 43 goles en doce partidos, una media de 3,6. En el mes y medio anterior al cuádruple enfrentamiento, marcó 18 tantos en nueve encuentros, con una media de “sólo” dos goles por partido. Y esto ya se vio claro en el primer clásico. El Real Madrid salió atrincherado atrás, y aún así tuvo más ocasiones y más claras que un Barcelona que no se mostró más conservador de lo que acostumbra. Tras el gol culé, el Madrid buscó con más intensidad la portería rival y el Barça, enfrentándose a diez hombres, apenas pudo capear el temporal.

En la final de Copa el Real Madrid se mostró más ambicioso que nunca, plantando una línea de presión en tres cuartos de campo y lanzándose al ataque a la mínima posibilidad. El resultado fue que en la primera parte los merengues barrieron del campo a los azulgranas y los blancos no sentenciaron el partido en la primera parte fue únicamente de milagro. Sin embargo, bastaron dos posesiones largas de los de Guardiola y un par de apariciones de Iniesta y Messi para invertir la situación. La sombra del 5-0 apareció de nuevo y los blancos volvieron a la trinchera para permitir un recital culé en la segunda parte. Lo que se podía interpretarse como un bajón físico del conjunto merengue se demostró que no fue tal en una prórroga donde fue superior y acabó por llevarse merecidamente la Copa, a pesar de que el atrincheramiento tras el descanso les dejó a un Casillas de quedarse sin título.

El escenario de cara a la semifinal de Champions era ideal para el conjunto blanco. Llegaban con la moral por las nubes y con un rival herido, sin Iniesta y el fuego cruzado en la rueda de prensa que tanto gusta a Mourinho. Pero en vez de buscar la yugular del Barça en su momento más frágil desde que Guardiola llegó al banquillo, el portugués volvió a refugiar a su equipo en la cueva, recordando seguramente aquella aciaga noche de noviembre, regalándole el balón al conjunto catalán y dejando que se moviera cómodamente en dos tercios de campo, y eso para los azulgrana es oxígeno. Jamás se sabrá qué hubiera pasado sin la expulsión de Pepe, si el Madrid hubiera aprovechado la salida de Kaká para atacar o si se hubiera mantenido atrás. En todo caso, vistos los estados de forma del brasileño y de Özil, sacar del campo al alemán para apostar por el espectro de quien fue Balón de Oro no parece el mejor plan ofensivo. El Madrid, además, tiró por la ventana una hora de partido y cuando llegó el imprevisto el plan b no existía o fue un desastre. Se eliminó el pivote defensivo para replegarse en dos líneas de cuatro, pero se dejó demasiado espacio entre ellas –espacio donde antes de movía Xavi Alonso como pivote-. Y en ese espacio apareció Messi, primero para asociarse con Afellay y luego para arrancar en solitario, para curar las heridas culés e infringirlas al Madrid.

Necesitado de marcar dos goles en el escenario de la ya mencionada goleada para seguir vivo, Mourinho volvió a plantear el mismo partido que en la ida. De nuevo, el Madrid volvió a desperdiciar toda una mitad para desesperación de Cristiano Ronaldo. De nuevo, cuando buscaron la portería del Barça generaron problemas y, de nuevo, no se supo reaccionar ante el imprevisto. En vez de aprovechar el gol mal anulado para generar dudas al Barça, el Real Madrid comenzó un nuevo encuentro en el que el rival era el árbitro. Muchas protestas, muchos gestos, pero sólo se generó una ocasión de peligro (y fue gol). Sun Tzu dijo “la invencibilidad reside en la defensa; las posibilidades de victoria, en el ataque”, y en este caso Mourinho olvidó que si quería disputar su tercera final de Champions necesitaba una victoria.

Antes del primer clásico se había especulado mucho sobre cuál era el más importante, que si el primero porque marca la tendencia, que si la Copa y la vuelta de Champions… pero nadie reparó que los cuatro partidos estarían marcados por las profundas cicatrices del cinco a cero, por el pánico de un equipo a jugarle de manera abierta al otro. El Barça se mostró maduro y dominante, justísimo campeón de Liga y finalista de la Champions digan lo que digan desde el otro lado. Pero eso no quita que el Madrid fuera víctima de sus propios demonios, demonios azulgranas. Demostrado que los blancos crearon muchísimos problemas al Barcelona las pocas veces que se decidieron a atacarle, quedará para siempre la duda de qué hubiera pasado si hubieran sido más ofensivos. Pero lo único cierto es que no se atrevieron: la sombra del 5-0 era demasiado alargada.

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Thor: Martillazo a seguir

Se hace muy complicado entender Thor, como película, sin tener en cuenta que forma parte del megaproyecto de Marvel y Paramount Los Vengadores. La idea es simple y no es nueva, ya se lleva haciendo en el mundo de los comics desde los años sesenta: y es coger a tus personajes más populares y juntarlo en una única aventura. Pero para aplicarlo al cine primero hay que dar a conocer a los personajes al público y por ello se han estrenado en los últimos años Iron Man, El increíble Hulk y en unos meses llegará a los cines El Capitán América. Thor es sólo un ladrillo más de este mastodóntico proyecto que ya ha puesto de uñas a DC y a Warner, que están trabajando en uno similar en torno a La Liga de la Justicia. El problema se hace evidente cuando el espectador no sabe que decidió rodarse antes, si las películas individuales o el crossover. Aunque la primera parte de Iron Man -que inauguró la serie- se aguanta por sí misma, no se puede decir lo mismo de las otras, que fuerzan su argumento para incluir una subtrama con la agencia SHIELD que a la postre es quien reúne a los héroes en Los Vengadores. Y Thor no se iba a librar.

La película sigue a grandes rasgos la tramadel comic de Stan Lee y Jack Kirby, que a su vez se basa a grandes rasgos la historia del dios nórdico. Nos presenta un Thor (Chris Hemsworth) prepotente y engreído, tanto que su padre Odín (Anthony Hopkins), rey de Asgard, le despoja de sus poderes y lo destierra hasta que aprenda esa lección tan de Marvel que es que todo poder conlleva una gran responsabilidad. De la inmensidad del cosmos, Thor da con sus huesos en el desierto de Nuevo México, donde se encuentra con la científica Jane Foster (Natalie Portman), quien le acompañará en sus intentos de recuperar sus poderes y salvar Asgard de los malvados gigantes de hielo que quieren matar a su padre y recuperar una reliquia que les otorgará el poder para conquistarlo todo.

La pregunta del millón es ¿qué ha hecho con un comic de Marvel un director como Kenneth Branagh, conocido por dirigir notables adaptaciones de Shakespeare como Enrique V, Hamlet o Mucho ruido y pocas nueces? La respuesta es simple: nada. A Branagh le dieron el guión y le dijeron: “dirige esto”, y el norirlandés lo dirige sin pensar demasiado. La trama es justa para ser entretenida sin insultar la inteligencia del espectador y las secuencias de acción no son nada del otro mundo pero no se hacen ni confusas ni pesadas. La dirección artística es lo más destacable gracias a recreación de Asgard, aunque el Bifrost parezca sacado de la versión ochentera de Flash Gordon. Del reparto sobresale Anthony Hopkins, sobre el que poco se puede decir ya. Chris Hemsworth (Star Trek) retrata un Thor muy plano y Natalie Portman se ve reducida a la cara bonita que pone el contrapunto ñoño y cómico a las andanadas de martillazos que se suceden en la película. También es sorprendente la dignidad con la que aguanta su papel Idris Elba (The Wire) a pesar de lo chocante que resulta ver una divinidad nórdica como Heimdal interpretada por un actor afroamericano.

Y sin embargo la película tiene la misma virtud que el resto de la serie de Los Vengadores, y es que a pesar de todo es bastante entretenida. Y eso en este tipo de películas es lo más importante, aunque te deje la sensación de ser un producto prefabricado diseñado para anticipar otro proyecto más grande, más caro y más espectacular y seguramente igual de mediocre.

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Cómo ser José Mourinho

Montaje de Karim Sabet

¡Qué inteligente que es! ¡Qué provocador! ¡Que bien se mueve en la rueda de prensa! ¡Cómo da una vuelta de tuerca a las cosas para hacérselas venir bien! ¡Qué maestro que es para atraer la presión hacia él y liberar a los jugadores! ¡Qué habilidad tiene para motivar a sus jugadores! ¡Mama, quiero ser como José Mourinho!

O no. Porque a mi se me caería la cara de vergüenza si mi equipo, en este caso el Porto, llegara a la de Champions League por un piscinazo de Deco ante Jorge Andrade que acabó con la expulsión del central del Deportivo -uno de los mejores centrales en aquel momento- por la que no pudo jugar la vuelta, partido que los de Mourinho ganaron 0-1 y de penalti. Antes, en octavos, el Porto de Mourinho eliminó al Manchester United -único grande que se cruzó en las eliminatorias- gracias a que el linier anuló un gol a Paul Scholes por un fuera de juego inexistente. La siguiente temporada, ya con el Chelsea, Mourinho eliminó al Barça porque Pierluigi Collina (el mismo árbitro que pitó el penalti de César Martín a Deco en las semifinales del año anterior) no vio una escandalosa falta de Ricardo Carvalho sobre Víctor Valdés en el área pequeña -¡donde el portero es intocable!- en el córner en el que Terry sentenció la eliminatoria. ¿Por qué? ¿Será que las mujeres prefieren su look Georgecloonesco antes que las trencitas cumbayás de Frank Rijkaard? Espero poder contestar eso algún día.

También se me caería la cara de vergüenza si mi equipo hubiera superado al Chelsea como lo hizo su Inter el año pasado, cuando el señor Fernández Borbalán se zampó dos penaltis, uno de Walter Samuel a Salomon Kalou y otro de Thiago Motta a Ivanovic. Para rematar el escándalo, en la vuelta el señor Wolfgang Stark decidió sufrir de ceguera súbita y transitora ante dos penaltis más: Motta volvió a tener barra libre para agarrar a Ivanovic y Walter Samuel le dio un cariñoso abrazo del oso a Didier Drogba. El pasillo arbitral al conjunto de Mourinho siguió en semifinales, donde se alinearon Olegario Benquerença, el Eyjafjalla y la UEFA. La negativa de la organización a aplazar el partido por la nube de ceniza proyectada por el volcán islandés obligaron al Barça a marcarse un siempre revitalizante viaje de 15 horas en autobús hasta Milán, recordemos que nueve de cada diez médicos recomiendan un largo viaje por carretera antes de jugar un partido de alto nivel. En Italia se encontraron con un árbitro portugués –amigo de Mourinho- que no quiso ver una falta de Thiago Motta a Messi en la jugada del segundo gol y un doble fuera de juego clarísimo en el tercero. Tampoco un penalti de Sneijder a Dani Alves. El asalto a su ‘segunda Champions limpia’ se completó en el Camp Nou donde el belga Frank De Bleeckere anuló un gol de Bojan–el segundo, que daba el pase a la final al Barça- por unas manos de Touré que todo el mundo vio que eran involuntarias.

Anda, tú. Pues lo mismo ser el puto amo no es tan complicado. Basta con borrar del mapa los argumentos en tu contra, minimizar los aspectos futbolísticos cuando interesa y ensalzar los fallos arbitrales adecuados dejando los no convenientes en el limbo. En el fondo tampoco importa si lo que dices es verdad. Como acabáis de ver, basta con un poco de prostituzione intellettuale.

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La madre de todas las eliminatorias

Pocas eliminatorias de Champions League, de las que han sido y de las que serán, se presentan tan intensas como la semifinal entre el Barcelona y el Real Madrid. Porque aunque suene imposible es mucho más que un Madrid-Barça. Infinitamente más que las visiones reduccionistas que lo presentan como un Guardiola-Mourinho o como un Messi-Cristiano Ronaldo. En esta eliminatoria se cruzan el mejor Barça de la historia (para algunos el mejor equipo que ha existido) frente a un Real Madrid fabuloso construido para acabar con el ciclo culé. Los dos mejores equipos del mundo, liderados por los dos mejores entrenadores del mundo, con los dos jugadores más desequilibrantes del mundo. Por si fuera poco, la semifinal es el tercer acto de un tríptico de encuentros entre Liga, Copa y Champions.

Ambos equipos tienen argumentos para afrontar el partido con optimismo. El Barça tiene su fútbol, el Madrid el momento psicológico. En la final de Copa el Real Madrid demostró que puede imponer su fútbol al del Barça, sacar a los culés del encuentro y buscar la yugular –y de paso algún tobillo- de su rival. Mourinho sacó de la chistera un planteamiento que sorprendió a los azulgranas, que parece esperaban a un Madrid atrincherado como en el encuentro de Liga. Con la circulación de balón ahogada por un “trivote” adelantadísimo, los de Guardiola fueron un flan arrollado por el Real Madrid. Únicamente Pinto, el palo y la Virgen del Rocío evitaron que la final estuviera sentenciada al descanso.

Pero el fútbol tiene esas cosas extrañas. Empezó la segunda parte y resultó que alguien le había dado al interruptor. Cruyff decía que si te hacen faltas es porque tú no mueves el balón suficientemente rápido, y el partido quiso darle la razón. Xavi, Iniesta, Messi y Busquets aceleraron el esférico y el planteamiento sabueso del Real Madrid se diluyó. Demostrado que el Barça tiene armas para desligarse los nudos que pueda tejer Mourinho, la segunda parte recordó ligeramente al 5-0 y únicamente Casillas, el palo, un palmo de fuera de juego y la Virgen de Lourdes evitaron que el Barça levantara la Copa del Rey.

Con ambos equipos desfondados, la moneda de la prórroga cayó del lado blanco con una fantástica jugada de Di María que remachó Cristiano Ronaldo para que los blancos se llevaran el primer título del año, tan merecido como lo hubiera sido que se la copa la hubiera levantado Puyol.

El Madrid tiene la tranquilidad de tener ya un título en sus vitrinas, y el Barça sabe que si no hace el tonto tiene muy bien encaminado la Liga –que es más importante que la Copa-. El desenlace de la eliminatoria marcará también el “ganador” del año, especialmente si uno de los dos acaba llevándose la Champions. Uno triunfará y el otro fracasará. Más allá del valor sentimental (que sí, importante) y del ruido mediático (que no tan importante), la valoración futbolística de cada temporada no debería depender de estos dos partidos sino de un análisis más frío, como si la eliminatoria de Champions hubiera sido contra el Manchester y la final de Copa contra el Valencia. El Real Madrid ha logrado una puntuación en Liga que en otras temporadas le hubiera hecho campeón, y el Barça ha perdido la Copa en la prórroga de la final. Pase lo que pase en Europa ambos conjuntos habrán hecho una temporada sensacional y habrán demostrado han trabajado en el camino correcto más allá de actitudes fuera de los terrenos de juego. El fútbol es un juego y perder forma parte de ello, pero si compites al nivel que han competido Barça y Madrid poco se puede reprochar.

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Juego de tronos: Fantasía no apta para hobbits

Cuando se piensa en el género de la fantasía épica suele venir a la cabeza un universo lleno de criaturas fantásticas, magia y unos personajes heroicos e idealizados que luchan contra un malvado señor oscuro que quiere dominar el mundo por el mero hecho de ser oscuro. Canción de hielo y fuego de G.R.R Martin, en la que se basa la nueva serie de la HBO Juego de Tronos, visita el género desde una visión muy distinta.

Para empezar en Poniente (continente en la que transcurre la mayor parte de la historia) no hay ni héroes ni señores oscuros, sólo hay un trono y una serie de bandos que lucharán por ganarlo o por retenerlo. Los personajes están lejos del maniqueísmo habitual: los más nobles tienen sus miserias –por ejemplo, Eddard Stark (Sean Bean) tiene un hijo bastardo y por alguna razón se niega a explicar quien es la madre- y los más crueles tienen un fondo que los hace muy humanos. En Poniente los personajes cagan, mean y se van de putas, así con estas mismas palabras. Ni siquiera el incesto es tabú.

El título de la serie -inspirada alegremente en la Guerra de las Rosas-, tomado del primer volumen de la saga, dice mucho del planteamiento de la serie. Como en una obra de Shakespeare, beber del vaso equivocado en la corte puede ser más peligroso que un combate a espada y para ganar una guerra puede ser más útil concertar el matrimonio adecuado que ganar una batalla. Todo esto hace que Juego de tronos quede más cerca de Los Tudor o se las luchas intestinas por el control de la familia de Los Soprano que de El señor de los anillos.

Como era de esperar, el episodio piloto es una muestra más de la diferencia que hay entre las series de la HBO y de las otras cadenas: como Deadwood o Carnivale esto no es televisión, es cine por fascículos. La dirección artística sólo puede ser calificada de arrolladora: cuidados decorados combinados con espectaculares parajes naturales y un vestuario detalladísimo. Como también es habitual en la HBO, los actores –casi todos británicos- están a un nivel altísimo. Sean Bean (El Señor de los anillos, GoldenEye) cae como un guante para ejercer de Eddard Stark, Mark Addy (Full Monty, Destino de caballero) está fantástico como el golfo y borracho rey Robert Baratheon y la combinación entre el material de las novelas y el actor Peter Dinkalge (Nip/Tuck, Vivir rodando) hacen de Tyrion Lannister un candidato a personaje mítico de la historia de la televisión.

El guión es sólido y complejo. El primer episodio sólo sirve como presentación de las principales tramas de la saga –las conspiraciones alrededor del trono, los intentos de la exiliada familia Targaryen por volver a Poniente y los sucesos del misterioso Muro de hielo- y apenas muestra la punta de la punta del iceberg, pero está claro que la serie va a seguir con una fidelidad obsesiva la trama de las novelas y va a intentar mantener todo lo que pueda de su brutal cantidad de personajes y subtramas. Esta complejidad, y sobre todo la consciencia de los autores de esta complejidad, lleva al que posiblemente sea el único defecto del capítulo: y es que en varias ocasiones se fuerzan un poco los diálogos para dejar claro quien es cada personaje y qué relación existe entre ellos. En todo caso, ante esta valoración hay que tener en cuenta que el que escribe todo esto ha leído los libros y es posible que de cara a los que no lo han hecho este sea un mal necesario.

La HBO ha vuelto a las andadas. Desde 2008 con el final de The Wire parecía haberse quedado algo estancada en lo que a series dramáticas se refiere. Grandes comedias como Curb your enthusiasm y extraordinarias miniseries como Generation Kill, pero True Blood quedaba muy lejos de lo que nos había ofrecido la cadena con, por ejemplo, A dos metros bajo tierra, dejando que Showtime (Dexter, Californication) y AMC (Mad Men, Breaking Bad) pudieran soñar con quitarle el puesto de tótem de la ficción televisiva. La reacción de la HBO llegó en septiembre con el estreno de Boardwalk Empire y con Juego de tronos parece dispuesta a volver a poner tierra de por medio. Bienvenidos a Poniente, donde Sam hubiera asesinado a Frodo para quedarse el anillo.

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