Wembley, la Liga y la alargada sombra de la manita

Tras el cinco a cero que el Barça endosó al Real Madrid el pasado 29 de noviembre se hacía complicado prever qué efectos tendría en el equipo blanco. ¿Se levantaría y volvería a presentar lucha a los azulgranas como en temporadas anteriores? ¿o esta vez el golpe había sido demasiado duro e imprevisto? Que de una manera u otra aquella goleada iba a afectar a la Liga estaba claro, aunque sólo fuera porque les sirvió a los culés para tomar el liderato de la tabla. Mucho más complicado era pensar que aquel partido histórico sería decisivo para certificar el regreso azulgrana a Wembley, templo mítico para el barcelonismo donde el Dream Team de Cruyff dió al club su primera corona europea.

Efectivamente, tras unas semanas convulsas con un enfrentamiento entre Mourinho y Valdano, el conjunto blanco se levantó. Aguantó mal que bien el ritmo del Barça en Liga hasta que el Sporting de Gijón se cruzó en su camino, superó la maldición de los octavos de la Champions y se plantó en semifinales, así como en la final de la Copa del Rey. Fueron unos meses marcados por un ruido mediático infernal, alimentado por un Mourinho que sacó los mismos argumentos que en Inglaterra e Italia: los árbitros van en mi contra, el calendario va en mi contra… incluso la Cadena COPE insinuó que los culés podrían estar dopándose, información que presuntamente venía de la junta directiva del Real Madrid. Pero en medio de todo este temporal la pelota seguía rodando y los azulgrana eran líderes. Y así se llegó a una sucesión de cuatro clásicos casi seguidos en las tres competiciones: Liga, final de Copa y semifinales de Champions League. Cuatro enfrentamientos en dieciocho días con un maquiavélico in crescendo: cada partido era más trascendente y decisivo que el anterior. Y aquí fue donde la larga sombra de la manita se hizo determinante.

El día del 5-0 el entrenador del Real Madrid midió mal sus fuerzas. Planteó un partido en el que quiso salir a jugar cara a cara al Barcelona y el resultado no pudo ser peor. Mourinho debió pensar “nunca más” y en esta ocasión planteó el rally a cara de perro, asegurando atrás y dando el protagonismo a un sabueso como Pepe, antes que a futbolistas de calidad como Özil o Cristiano Ronaldo, tratando de frenar el juego azulgrana por todos los medios posibles. El planteamiento es tan legítimo como cualquier otro (pisotones con balón parado a parte) pero viendo el desarrollo de los encuentros parece que cortó las alas a su equipo.

Tras dos temporadas demoledoras (121 partidos  frente a los 96 del Real Madrid), un verano en el que hasta ocho jugadores ganaron el Mundial, con una pretemporada corta y extraña, interrumpida por un inconveniente amistoso en México de la selección española, el Barça llegaba a la serie de clásicos lejos del nivel físico y mental de noviembre. Desde hacía un mes, el Barça venía sacando adelante los partidos por la mínima. Entre noviembre y diciembre, el Barça marcó un total de 43 goles en doce partidos, una media de 3,6. En el mes y medio anterior al cuádruple enfrentamiento, marcó 18 tantos en nueve encuentros, con una media de “sólo” dos goles por partido. Y esto ya se vio claro en el primer clásico. El Real Madrid salió atrincherado atrás, y aún así tuvo más ocasiones y más claras que un Barcelona que no se mostró más conservador de lo que acostumbra. Tras el gol culé, el Madrid buscó con más intensidad la portería rival y el Barça, enfrentándose a diez hombres, apenas pudo capear el temporal.

En la final de Copa el Real Madrid se mostró más ambicioso que nunca, plantando una línea de presión en tres cuartos de campo y lanzándose al ataque a la mínima posibilidad. El resultado fue que en la primera parte los merengues barrieron del campo a los azulgranas y los blancos no sentenciaron el partido en la primera parte fue únicamente de milagro. Sin embargo, bastaron dos posesiones largas de los de Guardiola y un par de apariciones de Iniesta y Messi para invertir la situación. La sombra del 5-0 apareció de nuevo y los blancos volvieron a la trinchera para permitir un recital culé en la segunda parte. Lo que se podía interpretarse como un bajón físico del conjunto merengue se demostró que no fue tal en una prórroga donde fue superior y acabó por llevarse merecidamente la Copa, a pesar de que el atrincheramiento tras el descanso les dejó a un Casillas de quedarse sin título.

El escenario de cara a la semifinal de Champions era ideal para el conjunto blanco. Llegaban con la moral por las nubes y con un rival herido, sin Iniesta y el fuego cruzado en la rueda de prensa que tanto gusta a Mourinho. Pero en vez de buscar la yugular del Barça en su momento más frágil desde que Guardiola llegó al banquillo, el portugués volvió a refugiar a su equipo en la cueva, recordando seguramente aquella aciaga noche de noviembre, regalándole el balón al conjunto catalán y dejando que se moviera cómodamente en dos tercios de campo, y eso para los azulgrana es oxígeno. Jamás se sabrá qué hubiera pasado sin la expulsión de Pepe, si el Madrid hubiera aprovechado la salida de Kaká para atacar o si se hubiera mantenido atrás. En todo caso, vistos los estados de forma del brasileño y de Özil, sacar del campo al alemán para apostar por el espectro de quien fue Balón de Oro no parece el mejor plan ofensivo. El Madrid, además, tiró por la ventana una hora de partido y cuando llegó el imprevisto el plan b no existía o fue un desastre. Se eliminó el pivote defensivo para replegarse en dos líneas de cuatro, pero se dejó demasiado espacio entre ellas –espacio donde antes de movía Xavi Alonso como pivote-. Y en ese espacio apareció Messi, primero para asociarse con Afellay y luego para arrancar en solitario, para curar las heridas culés e infringirlas al Madrid.

Necesitado de marcar dos goles en el escenario de la ya mencionada goleada para seguir vivo, Mourinho volvió a plantear el mismo partido que en la ida. De nuevo, el Madrid volvió a desperdiciar toda una mitad para desesperación de Cristiano Ronaldo. De nuevo, cuando buscaron la portería del Barça generaron problemas y, de nuevo, no se supo reaccionar ante el imprevisto. En vez de aprovechar el gol mal anulado para generar dudas al Barça, el Real Madrid comenzó un nuevo encuentro en el que el rival era el árbitro. Muchas protestas, muchos gestos, pero sólo se generó una ocasión de peligro (y fue gol). Sun Tzu dijo “la invencibilidad reside en la defensa; las posibilidades de victoria, en el ataque”, y en este caso Mourinho olvidó que si quería disputar su tercera final de Champions necesitaba una victoria.

Antes del primer clásico se había especulado mucho sobre cuál era el más importante, que si el primero porque marca la tendencia, que si la Copa y la vuelta de Champions… pero nadie reparó que los cuatro partidos estarían marcados por las profundas cicatrices del cinco a cero, por el pánico de un equipo a jugarle de manera abierta al otro. El Barça se mostró maduro y dominante, justísimo campeón de Liga y finalista de la Champions digan lo que digan desde el otro lado. Pero eso no quita que el Madrid fuera víctima de sus propios demonios, demonios azulgranas. Demostrado que los blancos crearon muchísimos problemas al Barcelona las pocas veces que se decidieron a atacarle, quedará para siempre la duda de qué hubiera pasado si hubieran sido más ofensivos. Pero lo único cierto es que no se atrevieron: la sombra del 5-0 era demasiado alargada.

Acerca de Javier Elío

Periodista. Guionista. Pitoniso fracasado. Farsante. Idiota
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