American Horror Story: El terror desbocado es cosa de locos

La nueva serie de Ryan Murphy, creador de Nip/Tuck y Glee, es uno de los estrenos que más expectativas había creado, gracias en gran parte a unas promos crípticas, que mostraban poco o nada de lo que podía ofrecer el producto final pero que resultaban visualmente arrolladoras. En realidad la trama de la serie es bastante tópica: una familia se muda a una casa con un largo historial de muertes violentas y sucesos extraños. Evidentemente la estancia en su nuevo hogar no será tan bonito como tenían calculado. A las extrañas presencias de la casa y vecinos siniestros se suma la negativa y desequilibrada carga psicológica de los personajes: Un matrimonio en crisis tras un aborto de ella y una infidelidad de él, con una hija adolescente, rebelde y con ciertas tendencias suicidas a la que le hacen bulling en su nuevo colegio. Un caldo de cultivo que recuerda, salvando las distancias, a El resplandor del gran Stanley Kubrick, incluidos los fantasmas de dos gemelos que danzan por la casa.

Como ya se intuía en las promos de la serie, ésta entra por los ojos. Ryan Murphy tira de ángulos de cámara antinaturales y un montaje huracanado en el que pocos planos duran más de cinco segundos, realizando incluso saltos sobre el mismo plano, para crear una sensación de incomodidad en el espectador por momentos angustiosa. Visiones de seres extraños que apenas duran un segundo, flashes de personajes que no deberían estar ahí, elementos sexuales como un traje de látex, y la típica música estridente son otras vías a las que recurre la serie para crear la atmósfera bizarra. Ninguna de estas técnicas es realmente novedosa y en el fondo son bastante efectistas, pero también realmente efectivas.

El episodio piloto sirve para poco más que presentar las tramas y personajes principales –con un destacable nivel de los actores principales y secundarios, especialmente destacable la presencia de Frances Conroy (A dos metros bajo tierra) y su perturbador personaje-, pero si engancha al espectador es sobre todo por el ya mencionado efectista despliegue visual. Queda por ver cómo se desarrollará la, por ahora, tópica trama, si ganará chicha o se quedará como excusa para seguir con los fuegos artificiales. Pero los fuegos artificiales son eso, artificiales, y pueden aguantar uno o dos capítulos, pero no doce. Habrá que seguir como madura la serie para ver si explota en todo su potencial o por lo contrario se queda como un producto bonito pero vacío. El piloto se queda en la encrucijada.

Acerca de Javier Elío

Periodista. Guionista. Pitoniso fracasado. Farsante. Idiota
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