Érase una vez un equipo que emocionó

Cuando, el 27 de mayo de 2009, Carles Puyol levantaba la tercera Champions League de la historia del Barça era tentador pensar que uno ya lo había visto todo, que poco más podía hacer el grupo de Guardiola para volver a sorprendernos. Aquel equipo, erigido sobre las cenizas que dejó el colapso del gran Barça de Rijkaard y con muchas de sus piezas, había comenzado su andadura liguera con una derrota en el estadio del Numancia y un empate contra el Racing, lo que hizo que muchos dudaran que Guardiola llegase vivo a Navidad. Tras un golpe en la mesa al vencer en Gijón por 1-6, el punto de inflexión llegó tras endosarle otro set, 6-1, al Atlético de Madrid en el primer encuentro complicado de la temporada. A partir de ahí, todo es historia: Piqué fardando de camiseta tras marcar el sexto en el Bernabéu, el Iniestazo en Stamford Bridge, el gol de Touré Yaya en la final de la Copa del Rey, el salto prodigioso de Messi ante Ferdinand en Roma… para cualquier equipo, un triplete hubiera sido tocar techo, pero no para ellos. Se quitaron la espina de la Supercopa de Europa que marcó el final del Barça de Ronaldinho ganando al Shakhtar en Mónaco, vencieron la maldición del Mundialito de Clubs ganando el único título que faltaba en el Museo Josep Lluís Nuñez con una remontada agónica. Llegó Florentino, con él Cristiano Ronaldo y una nueva hornada galáctica que obligaron a los culés a logar 99 puntos para ganar la Liga. Llegó Mourinho, anunciada como la némesis que tenía la fórmula para acabar con el dominio azulgrana. Pero con él llegó el 5-0, el rally de clásicos de mayo, Messi regateando camisetas blancas en el Bernabéu y Abidal levantando la cuarta Champions en Wembley. Incluso en sus escasos fracasos el equipo tuvo derecho a salir con la cabeza alta. Cayeron ante el Sevilla en la Copa del Rey, tras obligar a Palop a dar un recital de paradas en un partido que bien podía haber acabado 4-0. Cayeron contra el Inter en una mala eliminatoria, pero obligando a los de Mourinho a defender su trinchera como pudieron hasta el minuto 95. Cayeron ante el Madrid en la final de la Copa del Rey, pero no sin antes sobreponerse a una excepcional primera parte blanca y firmar un segundo tiempo en el que sólo Casillas evitó que los de Guardiola se llevaran un título más.

Con todo, este año parecía algo diferente. El Barça, casi sin preparación, ganó la Supercopa a un Real Madrid más rodado, pero quedaba la sensación de que la fortuna se alió con los culés que bien pudieron salir goleados del Santiago Bernabéu. A pesar de un inicio con ciertas dudas, especialmente tras derrota ante el Levante y empate contra el Racing, el conjunto de Mourinho dio una sensación de solidez aparentemente inapelable, una formidable racha de dieciséis victorias consecutivas y una capacidad goleadora impresionante gracias a un gran estado de forma de Cristiano Ronaldo, Benzemá, Higuaín y Di María. Hasta Kaká parecía recuperado para la causa. En frente, el Barça había sembrado dudas por la mala dinámica del equipo fuera de casa, especialmente por la derrota en Getafe, las lesiones y el bajo estado de forma de Piqué, Puyol, Pedro o Villa. Todo al ritmo de las campanas: el segundo año de Mourinho siempre es el mejor, el portugués nunca ha dejado escapar una renta de seis puntos, y la eterna verdad de que aquél que ha ganado todo un día se cansa de ganar. Claro que siempre hay quien pone en duda las verdades por muy verdad que sean.

El escenario parecía dispuesto para el intercambio de poderes en el fútbol español –o mundial- tras el gol de Benzemá en el segundo 22 de partido. El Barça salía impreciso y nervioso, el Madrid, como un vendaval y nadie podía evitar acordarse de aquel siete de enero de 1995 en la que los blancos devolvieron el 5-0 que habían encajado sólo un año antes en el Camp Nou. Sin embargo el gol del francés tuvo un efecto que desafió a toda lógica: los culés a penas lo notaron y dos minutos después estaban tocando en el área con Valdés como si jamás hubieran cometido el error garrafal que les había puesto por detrás en el marcador. El Madrid, sin embargo, pareció sorprendido de la velocidad con la que habían sacado rédito de su propia voracidad y dio la sensación de que les asaltaba la duda entre seguir con el plan y morder a los culés en todo el campo o esperar atrás y lanzar los mortales contraataques que tanto les gustan. Guardiola movió ficha y al cuarto de hora plantó una línea de tres, cruzando la línea que separa la valentía de ser un suicida. Aunque la jugada salió bien en parte gracias a la ansiedad que invade a Cristiano Ronaldo cada vez que juega un gran partido, era mucho más probable que ese movimiento allanara el camino de los merengues hacia su ansiada vendetta. Indecisos, los de Mourinho bajaron la intensidad de su presión, pero sin llegar a replegarse, permitiendo que los azulgranas se sintieran un poco más cómodos en el campo, y cuando permites eso estás al borde del abismo. El gol de Alexis cortocircuitó al Real Madrid que ya no sabía que tenía que hacer para poder con los azulgrana. El balón rebotado en Marcelo que entró llorando en la meta blanca los hundió y el cabezazo de Cesc Fàbregas fue el golpe de gracia. Los merengues siguieron buscando la portería de Valdés, dignidad obliga, pero su confianza se había quedado entre las redes de la portería defendida por Casillas.Sólo el escudo de su camiseta daba indicios de una posible remontada. Pero no contra este Barça.

Generalmente se destaca al Barça de Guardiola por su virtuosismo, por su capacidad para mover el balón de un lado a otro sin que su rival lo vea. Virtuosismo representado por jugadores deliciosos como Iniesta que han hecho todo lo que puede hacer un jugador para ser considerado de los más grandes –incluido marcar el gol que dio a su país su único Mundial-, pero con humildad para reconocer el liderazgo de un fenómeno casi extraterrestre como Leo Messi que siempre aparece cuando se le necesita. Sin embargo esa no es la característica que ha llevado a los de Guardiola a ganar todos los títulos que han ganado. Sus logros vienen por que a su excepcional calidad técnica, tanto individual como colectiva, y a su riqueza táctica se suma una capacidad de sacrificio pocas veces vista en cracks de este nivel, un equipo en el que un tipo con dos balones de oro en su casa es capaz de regalar a sus compañeros un sprint de 30 metros para defender una incursión rival en el lateral izquierdo. Un equipo con una mentalidad tan fuerte que es capaz de seguir luchando hasta marcar en el minuto 93 en Stamford Bridge a pesar de ir perdiendo y estar con un hombre menos. Capaz de ir al estadio del máximo rival una semana después de perder una final de Copa contra ellos y prácticamente dejar sentenciada una semifinal de Champions en la ida. Un equipo capaz de enfrentarse al Manchester United con medio sistema defensivo de circunstancias y dos piezas vitales tocadas y prácticamente ni notarlo. En definitiva, un equipo que en su peor momento es capaz de ir a casa de su rival en su mejor momento y ganar el partido cuando todo se le giraba en contra.

Podría existir la tentación de pensar que ya se ha visto todo lo que puede hacer el Barça de Guardiola, pero teniendo en cuenta lo que ha pasado desde que el de Sampedor está en el banquillo del Camp Nou parece que lo mejor es sentarse y disfrutar. Sobre todo, disfrutar.

Acerca de Javier Elío

Periodista. Guionista. Pitoniso fracasado. Farsante. Idiota
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