No son gigantes, son molinos

Una de las máximas de la filosofía de Homer Simpson reza: “si haces algo mal, échale la culpa a alguien que no hable tu idioma”. Esta frase es aplicada al fútbol sistemáticamente culpando de todos los males al árbitro, de quien todo el mundo se acuerda cuando te perjudica y nunca cuando te ayuda, y siempre para ocultar errores propios.

Tras años escuchando lloriqueos procedentes del Santiago Bernabéu, ayer Sandro Rosell se descolgó con unas declaraciones asegurando que este año los arbitrajes del Barça “no pintan bien”, en un fabuloso ejemplo de pasarse por el arco del triunfo la filosofía que durante las tres últimas temporadas ha llevado a los azulgrana a ganar prácticamente todo lo que jugaban. Es cierto que en las últimas jornadas los árbitros han perjudicado puntualmente al Barça con decisiones que pueden haber costado a los culés algún punto, como otras veces han beneficiado, sin embargo es un error mayúsculo decir que si hoy el Barça está a siete puntos del Real Madrid es por fallos ajenos. La distancia entre ambos conjuntos en la tabla se explica únicamente desde los errores azulgranas: partidos horripilantes en Getafe y Villarreal, con circulación pastosa y una defensa lamentable; en Anoeta y en Cornellà el equipo decidió echarse una siesta cuando el partido aún no había acabado. Si los de Guardiola no hubieran bajado el ritmo, ni la Real Sociedad ni el Espanyol hubieran empatado, con lo que –por ejemplo- el penalti de Raúl Rodríguez no hubiera influido. Si los culés hubieran jugado con la intensidad de otras veces, seguramente ni Villarreal ni Getafe hubieran aguantado con la portería a cero, por lo que el gol mal anulado a Messi en el Alfonso Pérez tampoco hubiera tenido mayor incidencia.

Las palabras del señor Sandro Rosell son indignas de un equipo ganador y no están a la altura de lo que el equipo ha logrado en las últimas temporadas. Una de las cosas más sorprendentes que había logrado era, precisamente, lograr que los lloros y las falsas conspiraciones se instalaran en el Real Madrid. En una demostración –una más- de una vomitiva política de comunicación abrió la puerta a que los fantasmas de la mediocridad y de la medianía se instalen de nuevo en el club culé. Al no saber reconocer los errores propios ni los aciertos y grandeza deportiva del rival. Al victimismo y la obcecación en el error que durante treinta años llevaron al Barça de fracaso en fracaso. Si los azulgrana quieren evitar entrar en una depresión como la que ha vivido el Real Madrid en los últimos año, detrás de imaginarias manos negras, debe exorcizar de inmediato las quejar arbitrales. El peor problema al que te puedes enfrentar es uno que no existe, porque no lo puedes arreglar. Así que el presidente debería callarse y preocuparse por lo que sabe –ahorrar dinero en tóner- y dejar que Guardiola y los suyos se preocupen de resolver la falta de tensión que afecta al equipo en momentos puntuales antes de que se vuelva crónica como sucedió con el conjunto que lideraba Frank Rijkaard.

Con todo, hay quien ha intentado poner al mismo nivel ciertas declaraciones culés con respecto a los árbitros en los últimos días con lo oído desde el Real Madrid en los últimos años y no tienen nada que ver. No es lo mismo decir que algunos árbitros son soberbios y que a la mínima que te diriges a ellos sacan tarjetas (verdad como un templo, aunque seguramente no fuese el mejor momento para decirlo), o que una jugada concreta fue penalti que decir que si no ganas una competición es por culpa del árbitro y mucho menos que decir que si tu rival gana es por una conspiración judeomasónica en el que Villar, Platini, la Unicef y las Estatuas de la Isla de Pascua están de acuerdo para ayudarle a triunfar. También convendría apuntar la diferencia de trato de ciertos periodistas, que se han dedicado a criminalizar sistemáticamente los errores arbitrales cuando son en una dirección y cuando son en otra prefieren hablar de fútbol.

Así, Rosell, Xavi, Valdés, Messi y alguno más deberían dejarse los lamentos estúpidos que sólo invitan a llorar mirándose al ombligo. Por suerte el barcelonismo aún está a tiempo de evitar la epidemia del victimismo. Volver a la senda del trabajo, del esfuerzo, de presionar hasta el último minuto y de mover el balón más rápido que nadie.  No atrincherarse en el eterno “son gigantes, Sancho”. Por que resulta que no, no son gigantes. Eran, son y serán molinos.

Acerca de Javier Elío

Periodista. Guionista. Pitoniso fracasado. Farsante. Idiota
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